Vida de ¿perros? (no si eres un yorky)
Este fin de semana me pilló en la oficina y aquí sigo (aunque la oficina se haya trasladado al salón de casa) aunque sean ya casi las doce de la noche. A las doce, como Cenicienta, afilaré los tacones de mis zapatos de cristal para usarlos como un boomerang asesino contra el ordenador. Contra el portatil del trabajo, claro. El Mac es otra historia. Bueno, realmente no podré hacerlo porque mañana tengo que currar otra vez hasta las doce…
Mañana y mañana y mañana…
Sigo aquí, como Macbeth, esperando a que se mueva el bosque. Aunque el bosque son los árboles -altísimos, casi de cuatro pisos- que adornan la calle Ginzo de Limia del Barrio del Pilar en Madrid. Hoy no hace mucho calor, pero tengo las manos cocidas al calor fastidioso del teclado del portatil. Odio las guardias. Mi cerebro siempre se desconecta a estas horas. En realidad no me extraña, es la hora de ver una peli, o de leer un buen libro antes de dormir. Es la hora de estar con Miguel y con Buffy… Pero por alguna extraña razón también es la hora de que a algunas empresas se les descuageringue el sistema productivo. Inconvenientes de trabajar a nivel global: siempre sale el sol por algún sitio.
Así que hoy no podré ver el episodio número dieciséis del Naruto Shippuden, que me tiene enganchada como no me ocurría con nada desde Ulyses 31. Y tampoco podré probar a hacer la lubina a la sal con la TMX. Acabaré tan hasta las narices, que seguramente tampoco me ponga con la Cárcel de amor de Diego de San Pedro.
Pero algo si tengo claro: Me apetece un Cola Cao.
























