Acabo de ver la predicción meteorológica para el día de mi boda: Llueve en todo el Principado, como era de esperar. Vamos, digno de una princesa de Asturias. Me van a llamar agorera porque llevo pronosticándolo meses, pero bueno, ahí está, el Instituto Meteorológico confirma mis sospechas brujeriles.
Saludos por aquí, saludos por allá.
Sinceramente, a veces uno toca fondo. Yo estoy en el fondo por culpa de mi estómago, aunque suene raro. Ahora mismo (y desde hace semanas) no tengo apenas fuerzas para nada. Y lo digo desde el trabajo, porque no me queda más remedio que trabajar (aunque los retorcijones y los calambres me están matando).
La verdad es que los médicos no me han ayudado mucho hasta ahora y no lo harán hasta que pase la semana santa (la estoy odiando, gracias). Por ahora me dejan sin tratamiento, ya llegará otro a recoger los despojos. Así que como no sé lo que tengo, no sé si se quitará antes de la boda, no sé si aguantaré y sinceramente, estoy psicológicamente bastante hecha polvo, pues por ahora me alejo de mi blog.
El cáustico fin del otro día fue demasiado breve, pero no me sentía con fuerzas de explicar lo que pasaba. En fin, esperadme, si es que el intestino/colon/estómago me deja volver. Besos
A veces las cosas se terminan.
Supongo que es cierto lo que dice el refrán, que “no hay mal que cien años dure ni bien que nunca se acabe”. En mi opinión los bienes durán bastante poco y los males tienen una complicada tendencia a perdurar en el tiempo.
Pero los finales no tienen por qué ser malos.
A veces son tan solo oportunidades.
Oportunidades a nuevos principios.
No me siento mal por haber visto que Itaca era tan pobre… La experiencia me enseñó lo que significan las ítacas.