Happy Feet
De este fin de semana cinematográfico que me he pegado voy a destacar solo una de las películas: Happy Feet. Esta extraña mezcla de animación por ordenador, musical, drama, comedia y qué se yo qué más, viene firmada por la mano de George Miller, que en su día nos dió tantas alegrías con el fantástico Babe, el cerdito valiente.
Bueno, empecemos por el principio. Happy Feet nos cuenta la historia de un pingüino emperador muy particular, nacido sin la habilidad de cantar. Como ya sabéis, todos los pingüinos tienen una música interior que necesitan exteriorizar para encontrar al gran amor de su vida, pero el pobre Mumble (creo que es así), en lugar de exteriorizarla con maravillosos gorgoritos, lo hace a lo Fred Astaire, bailando como un loco. Esto por supuesto causa el horror entre sus mayores, que no desean ningún cambio. Pero el pescado empieza a escasear…
Lo demás lo sabréis cuando veais la película, que tampoco es plan desmenuzar el argumento en la reseña. La música es estupenda y las coreografías (aka bailecitos pingüiniles) son tremendamente divertidos. No os perdáis la actuación de Mumble y sus colegas latinos (a ustedes decirles algo me permito: son de lo mejor de la película), diseñada para impresionar a la… tonta… de Gloria. Una banda sonora llena de ritmos y que te obliga a mover los pies como un loco, seas, o no, un pingüino.
Otra cosa a destacar por original es la combinación de animación e imagen real, logradísima. No desentona nada e incluso ayuda a mejorar la película, pues de no ser así nos encontraríamos con unos alienígenas demasiado alejados de la realidad (como siempre).
Finalmente decir que Happy Feet no es una comedia de animación al uso, llena de chascarrillos que se suceden sin parar. Hay guiños al humor, como también los había en Babe, pero más importantes son las lecciones que nos transmite y que seguramente lograrán incluso arrancarnos alguna lágrima (si no somos completamente insensibles, que podría ser). Porque George Miller se ha implicado a lo bestia con la defensa de los animales y del planeta, planteando problemas que muchos no quieren ver, pues somos, al fin y al cabo, el único animal que arrasa con todo lo que pilla a su paso porque cree que se lo tiene merecido.
Una pena que, al final, en el mundo real los pingüinos no bailen y, por tanto, jamás seamos capaces de ver más allá de nuestras opacas narices.
P.D: ¿Soy la única a la que esta historia le recuerda el relato La foca blanca, de Rudyard Kipling?
























