Mermelada…
Os dejo otro ejercicio rápido… A ver esas críticas constructivas!!
Eran pompas de cristal. Burbujas azuladas que se movían errantes por el cielo, por las calles, saltando de espacio en espacio, brillando con el blanco resplandor de la lluvia inexistente. Eran frágiles como burbujas de jabón, que estallan dejando sólo el recuerdo del brillo que las tiñe, que desaparecen en la nada tras una existencia efímera y, sin embargo, la pequeña figura gris que avanzaba de forma intermitente por la imprecisa calle sabía que estaban construidas del cristal más puro, aunque también estallarían silenciosas, sin dejar rastro.
Vestida de negro como una pequeña sombra, la oscura figura corría por la ciudad vacía, abriéndose paso entre las siluetas circulares que se proyectaban contra el suelo. Conocía aquel lugar, lo entendía con el conocimiento del que ha recorrido los mismos surcos durante horas infinitas. Era su ciudad y nunca había sentido el ansia del que busca, del que necesita encontrar un lugar nuevo para construir su vida. Por eso resultaba tan frustrante el haber dado mil vueltas hasta dar con la puerta de su casa, donde la esperaba la sabrosa mermelada que llevaba imaginando casi siglos.
La muchacha –porque era mujer y consciente de sí misma- sacó las llaves de su bolso. O tal vez simplemente aparecieron en su mano de dedos alargados, de uñas nacaradas, como serpientes metálicas que buscaban su refugio.
La puerta era sólida, pesada. La niña la había recordado de cristal, pero no se extrañó cuando vio la madera. Recorrió con la mirada el portal del edificio y le pareció sucio. Los buzones colgaban destartalados, algunos rotos, reventados, otros cerrados y atestados de cartas. Buscó su nombre entre las letras desdibujadas, pero no estaba allí y no le dio importancia.Subió los escalones lentamente. Las paredes ascendían adornadas por luminosas vidrieras dibujadas con esmero. Los cristales de colores formaban figuras fantásticas que parecían bailar proyectadas contra el suelo. La luz que se filtraba iluminaba la escalera con fuerza, pintando el día de color verano. Ascendió encantada hasta el tercer piso, donde de pronto el cielo irrumpió con violencia a través de los cristales rotos. La muchacha lo observó con pavor. Las nubes se movían demasiado rápido, demasiado conscientes.
Echó a correr abalanzándose contra una escalera que había perdido para siempre los tonos luminosos de la risa, pero no llegó muy lejos. Bajo sus pies, los juguetes de los niños ocultaban casi por completo el mármol irreal del escalón. Intentó apartarlos, pero había demasiados y ante sus torpes pasos sólo rodaban golpeándose contra la piedra, haciéndose añicos de porcelana. Aterrada, se aferró con fuerza a las rugosas paredes dejando su sangre disimulada en el estuco, pisoteando sueños perdidos que tal vez fuesen los suyos.
Entonces llegó a la puerta y la contempló con satisfacción. Allí estaba su hogar, recubierto de moqueta azul brillante y cálida, de caricias y mermelada hecha por su madre. Introdujo la llave y abrió la puerta y el rostro de la mujer la sorprendió de pronto, ajeno, extraño y doloroso.
La mujer la observó alarmada, agresiva. A su lado una niña de pocos años se aferraba a su falda, asustada, interrogando con grandes ojos castaños a la figura gris que había abierto la puerta. La muchacha sintió ganas de llorar.Aquella no era su casa. No lo había sido desde hacía cuatro años, cuando sus padres la vendieron para ir a vivir a otro lugar, más cerca del camino de las rosas. Sus pasos la habían guiado torpemente en dirección a un recuerdo que, sin embargo, parecía tan real… Les entregó las llaves y el corazón se le encogió ante las miradas de adiós del que fuera su hogar.
Y entonces se vio de nuevo en la calle bajo un cielo que anunciaba tormenta. Alzó el rostro. Las primeras gotas de una lluvia amenazante le cubrieron los ojos y ella supo que aquella lluvia no era buena, que tenía que huir.
Echó a correr de nuevo, esta vez sintiendo que el camino no era el mismo, que la ilógica de un mundo que no comprendía la estaba atrapando. Las lágrimas se le saltaron de los ojos mientras pensaba en su madre, en la mermelada de manzana que la esperaba, en la gata de angora que dormía en el sillón. El camino era tan largo… Tan imposible… Aquella no era su senda de las rosas, no era su ciudad. Continuó corriendo bajo la lluvia, con las grises ropas empapadas, sintiendo la insoportable predestinación del que va a ver algo que nunca quiso ver.
Entonces se paró y se dio la vuelta. En el cielo bailaban jirones de nubes negras que chocaban con fuerza entre ellas. Fue terriblemente rápido, como si la hubieran engullido. Una luz cegadora se estrelló contra sus ojos mientras el sonido se colaba irritante en su cerebro…
…Desperté aterrada sintiendo aquel ruido desquiciante que me taladraba por dentro. Tardé unos segundos en comprender que no estaba allí, que ya no llovía, que el cielo no se rompía en trozos sobre mi cabeza, que estaba en la cama. Apagué el despertador, que seguía chirriando feliz bajo la luz de la mañana. El corazón se me salía del pecho. ¿Cómo podía no haberme dado cuenta de que aquella no era mi casa? Hacía años que no había pisado aquel barrio. Aún me sentía violenta por la sensación de encontrarme a dos extrañas en mi casa y ser yo la extraña.
Me levanté lentamente, sintiendo de pronto el sudor que cubría mi cuerpo y que mi alter ego había confundido con agua de lluvia. Estaba helada, echaba de menos a mi madre y, por algún extraño motivo que no recordaba, sólo deseaba comer mermelada de manzana.
























