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    A la sombra

    Mayo 15th, 2006

    Bueno, espero que os guste ;)

    Al abrirse la herida sólo noté el frío. La espada estaba helada.

    No brillaba el sol de mediodía. Sobre nuestras cabezas, las flechas persas ocultaban el sol bajo un eclipse siniestro. Y así había sido durante las últimas horas. A mi alrededor las espadas entrechocaban soltando chispas mientras las negras saetas silbaban su canción de muerte. Podía ver a Leónidas luchando cerca de mí, impasible, en sus ojos el brillo de un destino que ya no está en las manos de los hombres.

    Había estado a su lado aquella mañana, cuando las flechas de Jerjes se desplomaron sobre nosotros como una oscura tormenta. Leónidas había observado con frialdad aquel cielo ennegrecido mientras la lluvia mortal se abatía sobre sus soldados.
    - Si las flechas no nos dejan ver el sol… pelearemos a la sombra –fueron sus palabras.
    Se ajustó el peto con la maestría que daban los años de experiencia y envolvió su brazo herido con un trozo de tela que arrancó de algún camastro. Aquella herida llevaba abierta un par de días y no tenía buen aspecto, pero Leónidas parecía indiferente. Si Ares había decidido su destino, no sería él quien lo cambiase con inútiles ungüentos. Cerró las grebas con un gesto mecánico y dirigió unas palabras a uno de sus hombres, que corrió a repetir sus órdenes sin dudar.

    Era el fin. El ejército ateniense se retiraba, mermado y desmembrado, dejando atrás al ejército de Esparta. Dejándonos atrás.

    Leónidas desenvainó su espada y la observó con una expresión indescifrable. Sus ojos azules no reflejaban miedo, pero tampoco confianza. Aquellos eran los ojos de un hombre que leía su futuro en el acero como si la propia Atenea lo hubiese escrito con letras de oro. Leónidas había nacido para morir. Y lo sabía. Y no sentía miedo.

    Y mientras lo observaba luchar junto a mí, yo tampoco lo sentía.

    Aquel había sido mi destino desde el día en que las aguas del Eurotas bañaron mi cuerpo recién nacido, aún cubierto por la sangre de mi madre. ¿Y qué mejor destino para un espartano que morir por un imposible? ¿Qué mejor destino que morir junto a mi rey, junto a mi pueblo? Pero las horas pasaban y el cielo continuaba escupiendo sus dardos mortales. Y a mí lado ya no sentía su presencia, mientras luchaba en vano por escapar de aquella locura que era mi honor y mi sentido.

    Leónidas había caído. Las negras saetas lo atravesaban ahora como a un muñeco indefenso, mientras la sangre oscura se extendía por su cuerpo aguijoneado. Algunos soldados intentaron protegerlo blandiendo la espada salvajemente contra los demonios persas, cada vez más numerosos. Rodearon a Leónidas, defendiendo aquel cuerpo mutilado, el cuerpo del que un día fuera rey de Esparta.

    Intenté abrirme camino hasta ellos, desesperado. En mi corazón sabía que la batalla estaba perdida. Que aquellos cinco días en las Termópilas serían mis últimos días y que ya solo los dioses podrían decidir el destino de Grecia. Y entonces la sentí. Una espada anónima de un hombre anónimo que ese día no moriría por mi culpa.

    Al abrirse la herida sólo noté el frío. La espada estaba helada.

    Mi espada cae al suelo. Intento tapar la brutal herida, pero la vida se me escapa y con ella las fuerzas. Caigo al suelo rodeado de una niebla… ¿O tal vez son mis ojos? El dolor es horrible, pero estoy acostumbrado a soportarlo. Voy a morir. ¡Oh, Dioses! Nadie me había dicho nunca que sería tan difícil. ¿Dónde está la gloria, dónde el honor? ¿Qué hay de bueno en morir por una guerra? Mi vida ha sido mi más preciosa pertenencia y he pasado toda mi existencia deseando terminarla sin aprender jamás cómo vivirla. Y para nacer a esta verdad he tenido que morir a la vida…

    A mi alrededor todo son sombras, apenas hay ruido, sólo el latido de mi corazón, que lentamente se apaga, y el sonido de la sangre al fluir hacia la tierra.