Patatas y María
Hace tiempo -por no decir “érase una vez”- me gustaban las flores. Me encantaba plantarlas, trasplantarlas y regarlas. De hecho, pensaba que aquel sería un modo estupendo de ganarse la vida. Pero era joven. Joven e inexperto. Así que, el día que alguien me dijo “chico, el negocio está en las patatas”, abandoné mis macetas de geranios y me encaminé hacia las huertas azada en mano.
Al principio el tema me fascinó. Me pasé unos años estudiando las distintas variedades y, después de especializarme en tubérculos tentaculoformes, empecé a trabajar con ahínco en una huerta muy apañadita que encontré abandonada. De vez en cuando me acordaba de las flores, pero las patatas ya habían empezado a proporcionarme un buen nivel de vida. De hecho, vivía en una cabañita muy apañada al lado de la huerta. Así que continué plantando patatas durante unos años, acordándome de vez en cuando de los geranios, hasta que, un día ventoso de marzo, decidí comprarme una planta de maría.
Reconozco que a partir de ese momento mi trabajo con las patatas dejó de entusiasmarme -si es que se puede decir que me había entusiasmado-. Mis jefes, además, intuyendo que mi atención se desviaba de los susodichos tubérculos, empezaron a plantearme retos cada vez más imposibles, como el cuidado patatero 24×7 y las guardias protectoras de fin de semana.
Y allí estaba yo, con mis plantitas de maría escondidas en el armario de la cabaña y velando por las malditas patatas, que además cada vez eran más difíciles de comprender.
Con el paso del tiempo empecé a sentir que todo aquel rollo de las patatas era eso, un rollo. No me gustaban las dichosas patatas. Ni las nuevas, ni las viejas, ni las Desires. Ahora, para colmo de males, había que luchar contra plagas de insectos biológicamente preparados para atacar a los tubérculos con gran saña, lo que hacía del trabajo una pesada carga. Era horrible levantarse por las mañanas.
Y así, sin saber cómo, un buen día empecé a pensar que me gustaban más las marías que las patatas. Incluso expresé mi opinión en voz alta. Desde luego hubo quien me tachó de loco, “¡con los grandes beneficios que da el tubérculo!” Pero ya no había nada que hacer… Había empezado la metamorfosis. Yo no quería plantar patatas.
Y compré más plantas de maría.
Mi vida se volvió una locura, lo reconozco. Me pasaba las mañanas disimulando en el patatal mientras soñaba con mis nuevas variedades de maría. Incluso me apunté a un curso nocturno, “cultivo de la maría perfecta”, al que sigo asistiendo con gran esfuerzo y dedicación.
Estoy seguro de que nadie sabe de mi doble vida pero, algún día, tal vez no muy lejano, mi espíritu volará con las marías y dejaré para siempre de cultivar patatas.
























