Secretos…
Hoy no voy a hablar de nada interesante. Tengo pendientes las reseñas de “el amuleto de Samarkanda”, “Harry Potter y el príncipe mestizo” y “memorias de Idhún”, pero todavía os haré esperar un poquito (”¿más?” -se preguntan algunos). Os prometo que las pondré, seguramente cuando termine de leer “tríada”, que es la segunda parte de las “memorias de Idhún”.
La cuestión es que hoy -imitando a tantos de mis compañeros blogomundiales- quería hablar de mí misma. Vale, admito que es algo que no se me da bien. Nunca sé qué contar. Pero últimamente hay una pequeña -o grande- parte de mi vida que se está convirtiendo en un secreto parcial, y no me parece justo (seguro que ya hay alguno pensando en embarazos…) Así que he decidido contaros, de una vez y a todos, que es lo que estoy/estaré haciendo en los próximos tiempos.
A muchos os da en la nariz que me gusta esto de las letras. La verdad es que es una pasión que me viene desde pequeñita, cuando a los 12 o 13 años decidí empezar mi primer cuento. La historia era muy, pero que muy, clásica: un chico que encuentra una espada mágica y que huye por un mundo inventado. A los 14 empecé a escribir de forma más o menos regular y a los 15 gané mi primer premio literario (organizado por una editorial avilesina). Seguí escribiendo hasta los 18 y gané dos premios más. Y justo cuando mis profesores -especialmente la de lengua y el de filosofía, que eran encantadores- empezaron a clamar a los cuatro vientos que yo sería una gran escritora (llegaron a decirlo en plena clase, qué gran vergüenza), yo proclamé a los demás vientos que iba a ser ingeniera.
Nunca olvidaré las palabras que mi profesor de filosofía escribió en la cartita que me regaló al finalizar COU. Era un poema de Kavafis -o más bien, la adaptación que Lluis Llach hizo de él- titulado “Ítaca”. En la esquina superior derecha ponía entre otras cosas: “que la ingeniería no-sé-qué no te seque el cerebro”.
La verdad es que fue como una maldición, porque en cuanto entré en la universidad dejé de escribir. Tengo anotaciones y bocetos, especialmente de un personaje que ha rondado por mi cabeza desde entonces, pero nada serio. Se puede decir que, efectivamente, la ingeniería me atrofió el cerebro.
Y han tenido que pasar 10 años para que mi cerebro gritase “¡basta ya!” y se revelase contra todo y contra todos. El primer paso fue reunir aquellos bocetos desperdigados de 10 años de antigüedad, el segundo apuntarme a un taller literario para obligarme a escribir. El tercero es empezar la carrera que, en mi corazón, sé que debería haber estudiado desde el principio: filología hispánica.
No os preocupéis, no aspiro a ser escritora ni nada parecido. No tengo interés en ser famosa. Aunque daría algo por dedicarme a lo que realmente me gusta, aunque fuese desde las sombras. Y os aseguro que me estoy esforzando. Empiezo primero de filología el curso que viene, en octubre, por la UNED, pero ya he comenzado a estudiar ( en concreto, lingüística y latín) por mi cuenta. Supongo que a no todo el mundo le da por leerse a Saussure por amor al arte, pero algún vicio tenía que tener, ¿no?
En fin, gracias a todos los que me habéis apoyado en mi decisión, que sois unos poquitos. En serio os lo agradezco, porque este tipo de cosas dan miedo. No sé porqué a lo largo de la vida uno cada vez tiene más miedo de perseguir sus sueños, como si fuesen algo prohibido y ridículo, algo vergonzoso. Pero como dijo Bruce Campbell en “el ejército de las tinieblas”: Ya lo he dicho, ¿eh? ¡Ya está!
























