Sangre en el botón
Os dejo un texto que escribí para el taller literario. Espero que os guste
Aún recuerdo aquel invierno como uno de los más fríos de mi vida. De la noche a la mañana el pueblo entero se cubrió de una gruesa capa de nieve que sepultó tejados y callejas por igual. Nunca olvidaré aquel frío intenso que se colaba a través de mi raído abrigo de lana, el agua que se filtraba rebelde por un mal disimulado agujero en el zapato. Recuerdo esos zapatos. Los llevé conmigo cada mañana de aquel mes de febrero, mientras seguía el camino embarrado que llevaba al colegio donde era profesor.
El colegio estaba a la entrada del pueblo. Era un caserón lleno de remiendos que se sostenía como inclinado sobre el camino, amenazando con irse de lado. Uno de los muros ya había sido apuntalado con dos gruesas vigas de madera que yo mismo ayudé a colocar junto con otros hombres del pueblo. El tejado, de teja azulada, de pizarra, tenía ya una especie de cabellera de hierba reluciente que se veía desde lejos. Era uno de los edificios más altos del pueblo y su veleta con gallo giratorio presidía nuestras vidas como un testigo silencioso.
En esa época curas y monjas eran aún la máxima autoridad en cuestiones educativas. Yo, con mis escasos treinta años, parecía no encajar demasiado en aquel lugar. Para algunos era tan solo un jovencito con ideas desafortunadas al que había que vigilar. Para otros era una especie de héroe de las ciencias, venido de Madrid para iluminarlos con extraños conocimientos. Reconozco que no me sentía especialmente feliz en aquel lugar, lejos de mi familia, de mis amigos. Lejos de todo lo que alguna vez había pensado que importaba.
La primera mañana después de la nevada me sentía incluso más desgraciado, pensando que la nieve sólo había caído para demostrarme que ni mi abrigo ni mis zapatos encajaban en aquel sitio. Arrastré los pies por el camino durante quince minutos, sintiendo la humedad en el calcetín y maldiciendo mentalmente el día en que había decidido irme a vivir al pueblo. Me arrebujé en el abrigo tratando de encontrar un poco de consuelo, pero solo conseguí quedarme con uno de los botones en la mano. Lo guardé en el bolsillo y crucé la verja de forja negra que separaba el patio de la escuela del camino.
Estaba empapado y entumecido. Casi me daba vergüenza presentarme así delante de los críos, aunque sabía que muchos ni siquiera irían aquel día al colegio. La nieve era un acontecimiento demasiado importante como para ignorarlo acudiendo a una clase de matemáticas. Entré en el edificio y me dirigí a la sala de profesores, un antiguo despacho revestido de madera donde solíamos dejar nuestros abrigos y donde nos calentábamos ante la chimenea entre clase y clase.
Una mujer joven estaba sentada en la gran mesa oval, cerca del fuego, zurciendo con destreza un mandilón infantil.
- Buenos días –dije casi sin atreverme a interrumpir su tarea.
La muchacha levantó la mirada.
- Buenos días –respondió y, tras dedicarme una afectuosa sonrisa, continuó con su labor.
No sé por qué en aquel momento el corazón me dio un vuelco. Casi sin darme cuenta me descubrí embobado, observándola, hasta que ella se detuvo y volvió a mirarme, interrogante. Aparté la mirada bruscamente. Me ardía la cara.Intentado parecer natural me deshice del viejo abrigo, que ahora me avergonzaba más que antes, y lo colgué de una vieja percha de latón. No pude reprimir el morderme el labio con frustración al notar que el botón roto rodaba por el suelo. Se había salido del bolsillo –tal vez por otro agujero mal cosido- mientras colocaba el abrigo.
El pequeño botón rodó sobre el viejo suelo de madera hasta los pies de la chica, que lo detuvo con rapidez.
- Se te ha caído un botón –dijo mientras me lo mostraba sobre la palma de su mano. Una mano pequeña, aunque de dedos finos y largos.
Intenté una sonrisa despreocupada, aunque la cara me ardía.
- Vaya –murmuré y me acerqué a ella para recuperarlo.
- Puedo cosértelo, si quieres –dijo mientras mantenía sus oscuros ojos fijos en mi rostro.
- Claro.
Con paso vacilante recuperé el desastrado abrigo y se lo entregué, avergonzado.Ella buscó con presteza el lugar donde coser el díscolo botón y preparó la tela sobre su regazo. Después humedeció el hilo con un poco de saliva y, con la habilidad del que está acostumbrado, enhebró la aguja a la primera. Fijó el botón en su posición correcta y comenzó a coser, haciendo desaparecer la aguja una y otra vez por entre los agujeros del botón. Yo la observaba hipnotizado, conteniendo la respiración sin darme cuenta.
De pronto soltó una exclamación. Vi como dos gruesas gotas de sangre se derramaban sobre el botón, manchando el hilo. Se llevó el dedo a los labios con dolor.
- Perdóname –dijo mientras intentaba limpiar en vano la sangre del botón.
- No te preocupes – no sabía que hacer para aliviarla-. No importa, lo siento…
Ella me miró y sonrió de nuevo. Pero antes de reanudar la costura cogió un pequeño dedal de metal que descansaba en la mesa y se lo puso en el dedo. Remató el botón con pequeños y apretados nudos y cortó el hilo con los dientes.
- Aquí tienes.Me devolvió el abrigo y yo lo tomé de entre sus manos, no sin antes sentir el roce de sus dedos en los míos. Nos quedamos quietos un momento, sonriendo. Y entonces nos separamos. Ella retomó su labor y yo, estúpidamente, volví a ponerme el abrigo. Me di la vuelta pensando que no debía irme, que aquella nevada no podía ser lo más importante del mes de febrero. Caminé lentamente hacia la puerta, notando de pronto la humedad en el calcetín derecho, la sensación de haberme encontrado y de estar a punto de perderme de nuevo.
Llegué hasta la puerta, me detuve y, sin más, arranqué otro botón.
























