Cuatro paredes
Fíjate. No era grande, ni nueva, ni estaba llena de artículos de lujo. Mostraba los defectos de la edad y los de haber conocido otras vidas, otros gustos. Sentirla parte de mí fue -es- una operación de cirugía donde más de una vez la línea recta hizo acto de presencia.
Mírala. Desde aquí veo sus paredes asalmonadas, pintadas con cariño por las manos que escriben. La cesta de mimbre con sus lacitos al lado de una pequeña cómoda de estilo campestre, aunque sea de Ikea. Más allá los colores son arena. Las venecianas cuelgan suavemente entre los panelados de madera. Y allí, a la izquierda, la pequeña yorkie duerme hecha un ovillo sobre el sofá revestido con una funda color crudo.
Es posible que no te guste. Después de todo mucha gente puede permitirse más y más, más metros, más lujos y no perdonan que no haya un jardincito, o un gran mueble italiano debajo de la tele, o tal vez una enorme mesa en la gran cocina de acabados modernistas. Saben, y por eso desprecian, que en mi trastero no se puede montar un salón de baile y que no hay garaje, como apenas no hay coche -perdóname K-Pax-.
No soy rica. Ni pobre. Tengo mi rincón. Tengo un montón de rincones que me aman. A los que amo. Cada uno de ellos con un valor altísimo, tanto sentimental como material. Sentimental porque me hacen feliz. Material porque mi deuda es muy alta -bien lo sabe el banco-. Mi casa es suave. Es familiar. Es pequeñita. Está al lado de un tren veloz que me lleva hasta mis sueños y me devuelve cada noche. No es de papel, como la casa del cuento que tanto soñé. Pero me acompaña, a mí, animal de madriguera, pega negra de cola blanca que lleva siempre sus brillantes tesoros a su nido.
























