Educación II
Creía que no podía mejorar la anécdota sobre la mala educación que os puse ayer, pero sí que podía. Ayer por la noche se me brindó la oportunidad de mejorarla. Y estoy tan pasmada ante lo que no puedo más que considerar un acto de maldad pura, que he creado una segunda parte sobre el post de ayer. Os prometo un post más bonito para esta noche, en serio.
En fin, ayer fue el preestreno de “la novia cadaver” de Tim Burton, para el que un amigo nos había regalado la entrada. Así que nos dirigimos hacia el Palacio de la Música felices y contentos, dispuestos a ver una película y no a pelearnos con medio mundo.
Al llegar ya apenas quedaban sitios, solo asientos separados aquí y allá. Un poco chafados -a Miguel y a mi nos gusta sentarnos juntos, que para eso somos novios- nos dirigimos hacia unos huequecitos colocados de la siguiente manera: En una fila, el asiento al lado del pasillo. En la fila de delante, el tercer asiento contando desde el pasillo. Puesto que aquellos dos asientos estaban ocupados por una pareja madurita, seguramente educada y a la que no afectaría PARA NADA moverse un asiento hacia la izquierda para que pudieramos sentarnos -al menos- el uno delante del otro, formulamos nuestra pregunta amablemente.
La respuesta fue NO.
En serio. Fue NO. Los asientos estaban centrados, así que no iban a perder nada de visión, nada de nada. Y además podrían hacer feliz a una pareja que solo pretendía estar medianamente junta… como estaban ellos ni más ni menos. Pero no se movieron. Además sin excusa, NO y ya está.
En fin, vimos la película en solitario y punto, pero no pude quitarme a la bruja que tenía delante del campo de visión. Lo que más me revienta -y me revienta mucho- es que yo lo habría hecho por ella. Yo me habría movido y habría permitido que al menos estuviera cerca de su marido.
Luego nos extrañamos de las brutalidades que ocurren a lo largo y ancho del mundo. ¿Cómo no va a exitir la violencia si la gente es incapaz de moverse un asiento para permitir que un semejante sea un poco más feliz?
¿Acaso le estabamos pidiendo un sacrificio? Y si tenía motivos ¿por qué no pudo ofrecer una amable explicación, algo que nos hiciera darnos cuenta de lo tremendo de nuestra petición? Seguro que ese desagradable ser humano se aprovecha día a día de gente como yo, que es capaz de ceder su sitio en el metro o en la cola del supermercado. Supongo que soy idiota, pero no puedo evitar ceder si considero que algo que apenas me supone una molestia pueda hacer felices a mis semejantes.
Desde luego ya no son mis semejantes.
DEMÓSTENES
























