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    Octubre 18th, 2005

    Soy afortunada porque el mundo me ofrece ocasiones para conocer el espíritu humano. Afortunada porque se me ofrecen ejemplos que no he de repetir si quiero convertirme en mejor persona, o al menos mantener cierta apariencia de ser humano.

    Esta noche me dió una especie de lumbalgia en la pierna derecha. Bien, supongo que no soy tan afortunada después de todo… Así que me pasé toda la noche con dolores y esta mañana llegué cojeando a la parada del autobús. Y aquí empieza mi odisea.

    En el banco de la parada había dos mujeres de unos cincuenta años, cotorreando con gran alegría. Yo me senté en el otro extremo (no era plan quedarme de pie con el dolor que tenía). De pronto llega una mujer increíblemente voluminosa que nos pide amablemente que le hagamos sitio. Las cotorras no desplazaron su culo ni dos milímetros, con lo que al final, me quedé semi sentada al final del banco. Y ahora viene lo bueno. Llega un anciano y lo primero que hace -obviamente- es dirigirse a mí: “Oiga joven, ¿me da su sitio?”

    Se me debieron llevar los demonios mientras me levantaba para cederle mi sitio, porque una mujer enseguida me dijo: “Es que tiene artrosis”. Aquí me cabreé: “Y yo tengo una lumbalgia en una pierna y fuertes dolores”. El pobre hombre se intentó levantar y yo le dije que por supuesto se sentara, que él tenía más necesidad.

    En fin, no me molesta que un pobre anciano me pida el sitio, ni que haya que tenido que aguantarme las lágrimas por el dolor en la pierna. Lo que me molesta es que las dos cotorras no hicieron ningún ademán de dejarme el sitio aun a sabiendas de lo que ocurría.

    No entiendo el problema de esta gente que simplemente por ser más viejos que tú -aunque a veces mucho más sanos- creen tener todo derecho sobre ti en todo momento. Los veo en el metro, sentados tan frescos mientras las chicas jóvenes embarazadas aguantan los movimientos del tren de pie, o los chicos con escayola se cuelgan de los asideros para no matarse. Y luego cuando el tren se para te adelantan a codazos para llegar antes a las escaleras. ¿Acaso tenemos la culpa de que sean viejos? ¿Cuál es el problema? ¿Alguna explicación?

    Debe ser que a los jóvenes -y no tan jóvenes, que yo no es que sea una niñita precisamente- no nos duele nunca el cuerpo, nunca estamos enfermos, nunca necesitamos sentarnos, alimentados como estamos por esa extraña euforia juvenil.

    DEMÓSTENES