Y yo qué sé…
La imbecilidad es una roca inexpugnable: todo el que choca contra ella se despedaza.
Dijo el señor Gustavo Flaubert en algún momento de su vida. Y de un modo misterioso esa cita apareció en mi calendario de mesa el día 28 de Septiembre del año 2005.
Sí, es cierto, hoy no es 28, es día 4, y yo tengo una extraña tendencia a descolocar las hojas del calendario. Pero es lo de menos.
Tampoco me importa la cita del señor Flaubert. Todos somos capaces de decir/escribir frases medianamente rimbombantes que parezcan transmitir verdades cósmicas. Es una cualidad inherente al lenguaje.
Con esto no pretendo comunicar una antipatía mal disimulada hacia el susodicho individuo. No le conozco tanto… Es sólo que no tenía nada mejor que deciros y me he permitido el lujo de criticar el calendario.
Evidentemente el calendario es un pedante. Se empeña todos los días en inculcarme pequeños trozos de enorme conocimiento (junto con los santos del día, las fiestas y el número de la semana). Yo soy mala alumna y ni lo miro.
Últimamente tengo la sensación de que es difícil caerme bien. Y mucho menos con un texto escrito. Aunque puedo comprender el impulso humano de contestarse a sí mismo, no consigo entender por qué todo el mundo se empeña constantemente en contestarme (desde los blogs, las revistas, las televisiones, las series sobre treintañeras locas, los videojuegos)…
Pero siendo así que yo no he formulado ninguna cuestión, ¿a qué contestan? Esa sí que es una buena pregunta.
























