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    Un cuento…

    Junio 21st, 2005

    Margarita, está linda la mar,
    y el viento
    Ileva esencia sutil de azahar;

    yo siento
    en el alma una alondra cantar
    tu acento.
    Margarita, te voy a contar
    un cuento.

    Éste era un rey que tenía
    un palacio de diamantes,
    una tienda hecha del día
    y un rebaño de elefantes,
    un kiosco de malaquita,
    un gran manto de tisú
    y una gentil princesita,
    tan bonita,
    Margarita,
    tan bonita como tú.

    Una tarde la princesa
    vio una estrella aparecer;
    la princesa era traviesa
    y la quiso ir a coger.

    La quería para hacerla
    decorar un prendedor,
    con un verso y una perla,
    una pluma y una flor.

    Las princesas primorosas
    se parecen mucho a ti:
    cortan lirios, cortan rosas,
    cortan astros. Son así.

    Pues se fue la niña bella,
    bajo el cielo y sobre el mar,
    a cortar la blanca estrella
    que la hacía suspirar.

    Y siguió camino arriba,
    por la luna y más allá;
    mas lo malo es que ella iba
    sin permiso del papá.

    Cuando estuvo ya de vuelta
    de los parques del Señor,
    se miraba toda envuelta
    en un dulce resplandor.

    Y el rey dijo: “¿Qué te has hecho?
    Te he buscado y no te hallé;
    y ¿qué tienes en el pecho,
    que encendido se te ve?”

    La princesa no mentía.
    Y así, dijo la verdad:
    “Fui a cortar la estrella mía
    a la azul inmensidad”.

    Y el rey clama: “¿No te he dicho
    que el azul no hay que tocar?
    iQué locura! iQué capricho!
    El Señor se va a enojar”.

    Y dice ella: “No hubo intento;
    yo me fui no sé por qué;
    por las olas y en el viento
    fui a la estrella y la corté”.

    Y el papá dice enojado:
    “Un castigo has de tener:
    vuelve al cielo y lo robado
    vas ahora a devolver”.

    La princesa se entristece
    por su dulce flor de luz,
    cuando entonces aparece
    sonriendo el Buen Jesús.

    Y así dice: “En mis campiñas
    esa rosa le ofrecí:
    son mis flores de las niñas
    que al soñar piensan en mí”.

    Viste el rey ropas brillantes
    y luego hace desfilar
    cuatrocientos elefantes
    a la orilla de la mar.

    La princesita está bella,
    pues ya tiene el prendedor
    en que lucen, con la estrella,
    verso, perla, pluma y flor.

    Margarita, está linda la mar
    y el viento
    Ileva esencia sutil de azahar:
    tu aliento.

    Ya que lejos de mí vas a estar,
    guarda, niña, un gentil pensamiento
    al que un día te quiso contar
    un cuento.

    Desde aquí, y aunque ella nunca lo sepa, quiero dedicar este poema de Rubén Darío a mi abuela Encarnita. Ella me lo enseñó cuando era pequeña, aunque entonces yo no sabía quién era Darío y creía que el cuento era de ella. Para mí este trozo de literatura trasciende su condición convirtiéndose en un recuerdo.